El análisis del discurso en la evaluación de proyectos.

Benito A. Peña Almao

Barinas, Venezuela, Agosto de 2017.

En cualquier proceso de participación ciudadana, asociado a la evaluación de propuestas de desarrollo, es imprescindible la coordinación de actividades en las que los involucrados intercambian opiniones, puntos de vista, modos de percibir los problemas y las potencialidades locales, y los modos como consideran se deben solucionar esos problemas e impulsar el aprovechamiento o desarrollo de esas potencialidades. En ese complejo proceso, se debe facilitar el desarrollo de mecanismos y capacidades para incluir los discursos de los diferentes sectores en la construcción de los acuerdos sobre el modo de conducir, valorar y mejorar las intervenciones. Por lo tanto, se debe facilitar el intercambio de esos discursos, su análisis, comprensión y validación, lo cual permita la construcción y la mayor sostenibilidad posible de esos acuerdos. Estas actividades se pueden asumir sin utilizar herramientas del análisis del discurso; no obstante, para mejorar la calidad de la coordinación de esos procesos, se requiere del uso de pistas conceptuales y metodológicas para analizar los discursos y poder ayudar a los participantes a escuchar, analizar y comprender sus propias voces.

Partiendo del planteamiento antes expuesto, a continuación se procederá a explorar algunas pistas para el diseño de herramientas que puedan ser pertinentes para el análisis del discurso, en los ejercicios participativos de la formulación y la evaluación de las políticas públicas, de los programas y proyectos. Buscando ese cometido, se identificarán algunas concepciones y argumentos orientadores, que puedan servir de referencia para iniciar o continuar el camino de la construcción de una metodología para el análisis de los discursos de los participantes. Se trata entonces, de pasearnos por una visión exploratoria, en la que podemos constatar posibles vías a seguir o posibles aportes que podemos validar, aceptar o rechazar, de acuerdo a la práctica de cada quien y de sus resultados.

Por qué se justifica esta exploración.

Es necesario identificar las situaciones, problemas o argumentos que justifican la necesidad de explorar algunas pistas, que permitan el posterior desarrollo de una metodología del análisis de los discursos en los procesos de facilitación de la participación ciudadana en la evaluación de proyectos. Entre otras razones que justifican esta búsqueda se pueden señalar las siguientes:

La primera está asociada al hecho de que la deliberación política, en general, y los mecanismos de participación ciudadana, en particular, ocurren gracias a la mediación del discurso, lo cual impone la necesidad de contar con herramientas para su análisis y comprensión. La segunda está vinculada con la imposibilidad de captar la riqueza de las experiencias a través de la mera observación directa y, en consecuencia, se debe acudir a los documentos, relatos y anécdotas, que a través de la mediación del lenguaje dan cuenta de los resultados que se esperaban y de lo ocurrido en las experiencias, pues, aun contando con resultados tangibles, su valoración solo se puede realizar a través de su interpretación y de la producción de un discurso. La tercera está relacionada con la constatación de que el autor del discurso no es autónomo y no puede imponerle sus designios al lenguaje, pues este no es un mero instrumento, sino que impone su modo de producción; por lo tanto, es necesario comprender esa productividad para poder hacer la aprehensión del sentido del discurso. La cuarta relacionada con el hecho de que el discurso se produce en las relaciones intersubjetivas, en las que se presentan fragmentos discursivos que el propio autor no comprende o no está consciente de su sentido e intención, en consecuencia, el discurso no se puede interpretar por la simple reconstrucción literal de su lógica aparente. La quinta asociada a la constatación de que todo discurso está marcado por la identidad y el sello personal de su autor, por lo que sus contenidos y los modos de construcción del discurso no pueden desvincularse de la configuración personal del autor y de las dinámicas inconscientes que movilizan esa configuración. Tomando en consideración que estas razones revisten una considerable complejidad, a continuación se presenta una breve descripción aproximada de cada una de ellas.

La mediación del lenguaje es insustituible.

En principio, el intercambio de opiniones en la formulación y evaluación de las propuestas de desarrollo, en particular, y en los mecanismos de participación ciudadana, en general, pueden desarrollarse gracias a la mediación del discurso.  Aún siendo esta una afirmación obvia, es preciso indagar algunos aportes que pueden ubicar el alcance y la complejidad de esa afirmación. Desde la perspectiva de la política, siguiendo los aportes de Arendt, es prudente partir de la constatación de que la acción para ser política debe ser acompañada del uso del discurso, pues de acuerdo a nuestras posiciones es inevitable que percibamos al mundo de diferentes formas, y en consecuencia, para experimentar el mundo como algo compartido se requiere del intercambio de visiones, debido a que esa realidad del mundo compartido es lo que nos une y nos separa y, por consiguiente, solo hablando es posible comprender desde distintas posiciones, y es incluyendo a las distintas posiciones como se produce el encuentro democrático. (Arendt, 1997). Por lo tanto, según las apreciaciones de Kateb y Villasante, en el debate público se debe incorporar el análisis de los diferentes relatos, el de los involucrados, el de los narradores, el de los espectadores o de los observadores, y el relato oficial o institucional. (Kateb, 2001), (Villasante, 1998)

Por lo antes expresado, de la consulta participativa se debe pasar a la comprensión de esos relatos, lo cual supone que en el análisis de estos se deben desentrañar múltiples contradicciones, camuflajes y escaramuzas, pues en muchos casos, tal como lo expresa Moore, al estar en juego la forma de distribuir bienes, servicios o cuotas de control, se multiplican las visiones, no solo por la existencia de intereses contrapuestos, sino porque se asumen principios y valores diversos sobre las maneras de desarrollar esa distribución. (Moore, 1998) No obstante, esos intereses y racionalidades no siempre se pueden captar desde la apariencia literal de los discursos. En esa dirección, de acuerdo a los aportes de Przeworki, las formas como se reproducen las identidades simbólicas  de las personas y de los colectivos, imponen serias dificultades para identificar los intereses y las expectativas de los diferentes sectores. Normalmente se presume que con facilidad se pueden indagar las “necesidades sentidas” o las “expectativas” de la población, sin embargo, desde distintas perspectivas se viene demostrando lo contrario. Por ejemplo, desde las ciencias políticas se reconoce que las personas pueden y sueles asumir identidades múltiples, lo cual suele generar toda una suerte de confusiones y ambigüedades en los procesos de consulta y construcción de acuerdos. (Przeworski, 1998)

Ahora bien, no siempre se percibe la importancia de analizar el discurso, aunque en nuestras actuaciones no podamos prescindir de él y dependamos, de forma imperativa, de sus mediaciones para lograr los objetivos que perseguimos. De esa manera, en el ejercicio de la coordinación o facilitación de procesos de consulta sobre la lógica de las intervenciones o la evaluación de experiencias, el intercambio de puntos de vistas y percepciones, inevitablemente, solo puede ocurrir a través del uso o la mediación de las palabras. Sin embargo, no siempre se reconoce que esas opiniones deben ser analizadas, y menos aún, que se debe contar con herramientas para su descomposición y su interpretación aproximada.

Ante esas constataciones es necesario asumir que si el lenguaje es el medio que permite el intercambio de visiones, es preciso indagar cómo se produce, cómo se nos presenta y cómo es posible abordar su comprensión de manera aproximada. Al respecto,  el discurso no se nos presenta como palabras aisladas, pues esas palabras aparecen articuladas y desarticuladas en los relatos, anécdotas, conversaciones, documentos, materiales publicitarios, comentarios aislados y en los chistes, que formulan los involucrados, los beneficiarios, los aliados, los espectadores y opositores de las experiencias.

Avanzando en esa dirección, si se pretende elevar la efectividad y la consistencia de los procesos de participación en la formulación y evaluación de propuestas de desarrollo, es necesario contar con herramientas para el análisis del discurso hablado y escrito. Es necesario contar con esas herramientas debido a las complejidades y dificultades que se presentan en los momentos de captar, procesar y analizar los relatos de los participantes, complejidades que se pueden observar en los aportes siguientes. En principio, es necesario revisar el cómo se estructuran los relatos. En esa dirección, siguiendo los aportes de Arendt, se asume que cualquier persona que narra sus experiencias, su participación en un proceso, de lo que ocurrió o generó determinada experiencia, ha tenido que dar forma a su relato; es decir, ha configurado un relato que se expresa con el auxilio del lenguaje. (Arendt, 1995)  Por lo tanto, es pertinente analizar el modo como se producen esos relatos, pues tal como lo sugiere Barthes, incluso en la escritura las personas producen relatos, los cuales se estructuran en una sucesión de un antes y un después, en mezclas indeterminadas de temporalidad y causalidad; y por ende, la significación de cada momento o de cada episodio se desprende de múltiples asociaciones metafóricas o metonímicas, de usar las palabras asignándole sentidos diferentes al usual, abriéndose así el proceso de la interpretación. (Barthes, 2002) Lo importante es constatar que las racionalidades de los distintos actores se expresan en sus relatos, los cuales pueden ser formulados con narraciones formalmente estructuradas, o de forma fragmentada y carente de cualquier “orden formal”. Al no estudiarse debidamente esos relatos, se pueden estar ocultando las efectivas racionalidades que están en juego y se limita la aprehensión de las múltiples miradas de los procesos experimentados.

Las dificultades para captar las riquezas de las experiencias desde los resultados tangibles.

Pasando a la segunda razón que justifica la búsqueda de pistas para el análisis del discurso, es preciso observar que en los procesos participativos de la evaluación de programas y proyectos, no siempre es posible captar la riqueza de las experiencias a través de la observación directa y, aun acompañando el proceso de la ejecución de las intervenciones, no es posible que una persona, en particular, pueda captar la amplitud de las complejidades de las experiencias. Por esas limitaciones, nos vemos obligados a intentar captar las lógicas y factores esenciales que determinan la hechura de las experiencias, a través de los testimonios orales y escritos de los actores y de algunos testigos de los hechos. En consecuencia, lo que ocurrió, las razones que explican lo ocurrido, las posibles omisiones, fallas y aciertos, deben ser captadas a través del análisis de los discursos que hablan de la experiencia. No obstante, se puede acudir al análisis de algunos resultados tangibles, pero, se trata de resultados que deben ser valorados en función de los discursos en los cuales se fijaron los efectos o productos a generar con la ejecución de los programas y proyectos, lo cual indica que es preciso analizar los documentos de las propuestas iniciales. Pero, además, esos documentos y la valoración de las experiencias expresadas en los relatos de los participantes, siempre estarán cabalgadas por la producción de símbolos e imaginarios que se tejen en la construcción de esos relatos.

Esa afirmación conduce a la necesidad de revisar algunos aportes que pueden clarificar su pertinencia. En principio, desde la perspectiva antropológica, en los aportes de Herskovits se sostiene que el hombre vive en un universo simbólico: lenguaje, mito, arte y religión, los cuales configuran el modo de producir la red simbólica del discurso expresado. En consecuencia, se sostiene que el hombre se aproxima a lo real, ve su entorno y lo concibe,  a través de formas lingüísticas, de símbolos míticos,  es decir, envuelto en emociones imaginarias, entre la esperanza y los temores, entre ilusiones y desilusiones. (Herskovits, 1976) De esa manera, al observar lo real, al tratar de interpretar lo real y al comunicar esa interpretación, el hombre no puede desligarse de esas dinámicas imaginarias, simbólicas o afectivas.

Ante la anterior constatación, se pueden presentar dificultades para asegurar una “objetividad” basada en la identificación de evidencias fácticas, pues, no siempre se cuenta con resultados tangibles, y aun existiendo estos, su valoración parte, se elabora y se expresa en el terreno del discurso. Esto indica que la acción y sus resultados deben ser explicadas, deben ser comunicadas a los otros, lo cual nos conduce a avanzar hacia el aporte siguiente: De acuerdo a los aportes de Arendt, se debe incorporar en el análisis la constatación de que las acciones, los resultados y los efectos de las intervenciones, no se explican por sí solos, pues la acción muda no existe, y si existe, se vuelve irrelevante. Entonces, sin palabras la acción pierde al actor, y por ello, se requiere que el agente de los actos anuncie lo que está haciendo, lo que ha hecho o lo que trata de hacer. Por ese camino Arendt considera que en toda acción, lo que intenta el agente es manifestar su propia imagen, en consecuencia, ante la acción de los otros siempre estará latente la interrogante ¿Quién eres tú?, debido a que la acción es intensamente personal. (Arendt, 1995) Por lo tanto, la apreciación de las “evidencias fácticas” de los resultados, no pueden estar exenta de esas dinámicas de la intersubjetividad del intercambio de relatos que intentan explicar la realidad de los producido.

De acuerdo al aporte antes expuesto, es preciso afrontar la imposibilidad de alcanzar la “objetividad absoluta” en los procesos de valoración de las experiencias y de la realidad en general, pues es imposible lograr esa valoración sin el auxilio del discurso, y por lo tanto, se termina dependiendo de los modos cómo se produce el discurso y de las posibilidades y limitaciones que imponen sus dinámicas de producción. En esa dirección, siguiendo los aportes de Lacan, se concibe que la captación de la realidad está atada a la producción de su discurso, y en consecuencia, a los modos de producirse las significaciones. Es decir, el autor sostiene: “…No hay ninguna realidad prediscursiva. Cada realidad se funda y se define como un discurso” (Lacan, 2004) Además, el autor reafirma que en los vínculos de la intersubjetividad no existe realidad prediscursiva, debido a que esas relaciones sociales se ordenan gracias a múltiples convenciones, prohibiciones, inhibiciones, que son efectos del lenguaje, son trasmitidas por medio del lenguaje, y se deben tomar solo de ese registro, de las cualidades y propiedades del lenguaje. (Lacan, 2004) Entonces, la “valoración objetiva” de los resultados tangibles debe ser asumida como una aproximación con un sello personal y unas limitaciones impuestas por el modo de producirse el lenguaje.

El autor del discurso no puede imponerle todos sus designios al lenguaje.

Lo antes planteado nos introduce en la necesidad de avanzar en la revisión de la tercera razón que justifica la búsqueda de pistas para el análisis del discurso, la cual está relacionada con el análisis sobe cómo percibimos al autor del discurso, ¿Hasta qué punto ese autor es autónomo y juega con el lenguaje a su antojo? Esta interrogante nos conduce a revisar aportes que ponen en duda la autonomía del autor del relato. En principio,, según los aportes de Lacan y Barthes, al analizar el discurso no es adecuado asumir que el autor del relato, del documento o del libro, es capaz de controlar todo cuanto expresa con la autonomía de su pensamiento, como si fuera capaz de decirlo todo de manera coherente, consciente y convincente. Esa incapacidad es enfatizada por Barthes, al sugerir que no es el autor el que habla. Pues, al escribir o hablar, el lenguaje termina imponiendo su manera de producirse o estructurarse, y en consecuencia, no podemos imponerle toda nuestros designios o voluntades, como es deseado normalmente. (Barthes, 1987)

En esa misma dirección, Barthes indica que el lenguaje no puede ser considerado como un instrumento utilitario y decorativo del pensamiento consciente. (Barthes, 1987) En todo caso, el lenguaje no está determinado y constituido por el hombre como individualidad, al contrario, tal como lo sugiere Lacan, el lenguaje termina constituyéndolo, dada la herencia de la amplia confusión parlante que le precede, y que interviene en los procesos vitales de su incorporación a la familia y a la sociedad. (Lacan 2003-A) Esa última afirmación coincide con el planteamiento de Arendt, que conduce a considerar que en toda interacción humana se presenta una trama de relaciones entrelazadas o estructuradas por los actos y las palabras de innumerables personas que aún viven o ya están muertas. (Arendt, 1995) Esas herencias o esos restos de la memoria del pasado y del presente, terminan imponiendo el modo cómo se estructura el discurso y los deslizamientos de los sentidos expresados y escondidos, lo cual, generalmente, no es captado  ni controlado por el individuo que lo produce.

Esa problemática impone facilitar procesos en las cuatro vertientes siguientes: Una primera, tal como lo sugiere Berstein al analizar los aportes de Arendt,  se debe atender la necesidad de que los participantes en los procesos de formulación y evaluación de propuestas de desarrollo eleven sus capacidades para producir argumentos, explicar proceso y analizar los resultados de las experiencias,  es decir, desarrollen sus capacidades para juzgar el entramado de las relaciones con los otros y el efecto de las iniciativas o políticas del desarrollo. (Bernstein, 2001) Una segunda vertiente, siguiendo los aportes de Moore, se debe facilitar el proceso del análisis de las diferentes visiones, para que los ciudadanos no se queden en sus percepciones individuales y anclados en las lógicas del pasado, e interpelarlos para que capten y asuman problemas e iniciativas colectivas, y comprendan nuevas lógicas de interpretación y de intervención. (Moore, 1998) La tercera vertiente, siguiendo los aportes de Berstein, se debe atender la necesidad de que los ciudadanos logren superar, progresivamente, la identificación con posiciones y creencias tácitas, con acuerdos sobreentendidos, o con creencias asumidas más no pronunciadas. (Berstein, 2001) Y la cuarta vertiente,  según lo sugiere Bernstein, en las deliberaciones se debe atender las presiones y el malestar que se experimentan los ciudadanos cuando sienten que sus modos convencionales o tradicionales de comprender son puestos en tela de juicio, pues ante estas situaciones, suelen aparecer las resistencias y las reacciones emocionales. (Bernstein, 2001) Por lo antes expresado, con el lenguaje heredado reproducimos modos de pensar que suelen estar acompañados de cargas afectivas, los cuales no siempre logramos captarlos de manera consciente.

La producción del discurso no se puede desprender de las dinámicas inconscientes.

Asociado al planteamiento anterior, pasamos a la cuarta razón que justifica la búsqueda de pistas para analizar el discurso, relacionada con el hecho de que el lenguaje impone el modo de producir el discurso, debido a la intersubjetividad que teje su devenir. Por esa razon, es pertinente incorporar algunos aportes que permitan identificar las principales dinámicas que impiden a los actores jugar a su antojo con el discurso. En principio, siguiendo los aportes de Lacan, se considera que la experiencia del lenguaje está asociada, necesariamente, a la interacción o intercambio con el interlocutor, porque el lenguaje, antes de significar algo, significa para alguien. De esa manera, por el solo hecho de estar presente y escuchar al otro que habla, e incluso, aun cuando lo expresado por el otro no tenga sentido alguno, quien escucha puede captar una intención y un sentido en el discurso. Entonces, el lenguaje puede expresar determinada intención, la cual no siempre es comprendida por el sujeto que habla o escribe; en otras palabras, esa intención y sentido es concebido por él y negada por el mismo, en cuanto a lo que el discurso informa de lo vivido y puede ser reprimido por las fuerzas de la resistencia de las dinámicas inconscientes. Por lo tanto, en las prácticas discursivas, generalmente, la intención se revela inconsciente como expresión y consciente como reprimida. En consecuencia, el lenguaje revela a la vez, su unidad significativa en la intención y la ambigüedad de su constitución como expresión subjetiva. (Lacan, 1997) Esas limitaciones que nos impiden controlar nuestra práctica significante, es planteada por Lacan de la forma siguiente:

“…Nuestra perspectiva nos proporciona por el contrario la noción de que el juego del significante se apodera del sujeto, se hace con él más allá de todo lo que él sea capaz de intelectualizar, pero sigue tratándose del juego del significante con sus leyes propias”. (Lacan, 1998)

Debido a esas dinámicas, en el relato se suele comunicar lo que puede estar a la vista de todos, pero que es camuflado, evadido o escondido, a través de los juegos del modo como se estructuran los relatos, sus ambigüedades, los deslizamientos de los significantes, o las maneras de silenciar lo que genera malestar y miedo. Entonces, la producción del discurso vive atada a esas dinámicas inconscientes.

Esa constatación se puede visualizar más aún, pasando a un segundo aporte, a partir del cual el análisis del discurso se torna más exigente, toda vez que no se debe limitar al análisis de los contenidos de los productos, sino, que además, se debe analizar la propia labor del cómo se produce y se transforma el discurso, y sus significancias. En esa dirección, según los planteamientos de Barthes, lo inconsciente no debe confundirse con los contenidos que aparecen en los productos, pues lo inconsciente es la forma como es producido, la forma de ejercer la función simbólica, la forma como se configura la articulación y deslizamientos de los significantes. Por tal motivo, sostiene que los deseos se articulan como un sistema de significantes, lo cual impone, por ejemplo,  que el imaginario colectivo no es explicable por la sola identificación de sus temáticas, sino a través del cómo se construye esa temática, es decir, a través de la formas cómo se estructuran y transforman los significantes, más que a través de sus significados.  (Barthes, 1971)

Avanzando en el análisis, es preciso pasar al tercer ejemplo, en el cual se sugiere poner en duda la visión mítica de considerar que todo discurso que emana del pensamiento consciente está investido de la total claridad. En esa dirección, de acuerdo a los planteamientos de Barthes y Lacan, no se puede decir todo, ni pensar conscientemente todo, y al contrario, generalmente, el sujeto termina expresando necedades, incoherencia y vacilaciones. De esas necedades y de los fragmentos que “cojean” en su discurso, surge el material que puede permitir la aprehensión de lo no revelado en el discurso de manera explícita. (Barthes, 1987), (Lacan, 2004) En consecuencia, si la hechura del discurso es cabalgado por las dinámicas del inconsciente, no es posible analizar ese discurso de manera consistente, si no se incorporan herramientas que permitan identificar y explicar esas dinámicas.

Lo antes planteado resulta más complejo, cuando se incorporan las dinámicas de las identidades asumidas en los tiempos del actuar y del decir, así como las identidades que han configurado los modos de ser y de actuar de las personas. Al respecto, siguiendo los aportes de Lacan y Freud, se puede observar que en las dinámicas de las identidades cambiantes, es preciso ubicar el lugar que se ocupa como sujeto del significante, en relación con el que se ocupa como sujeto del significado, ubicación que Lacan plantea de la forma siguiente: “No se trata de si hablo de mi mismo de manera conforme con lo que soy, sino sí cuando hablo de mí, soy el mismo que aquel del que hablo”. (Lacan, 1997). Claro está, en ese producir lo que se dice, se imponen las dinámicas del devenir inconsciente, es decir, los mecanismos de producción de significantes. (Lacan, 1997) Por lo tanto, en el análisis del discurso no se pueden descuidar estos juegos en los que quien relata no asume las mismas identidades o racionalidades de quien actuó o de quien observó. No siempre se está consciente de las disociaciones asumidas al momento de cambiar del papel de actor o testigo, al de relator de lo ocurrido. En muchas ocasiones, los significantes con los que se pretende comunicar lo ocurrido pueden seguir la lógica del relato y, por ese camino, pueden desdibujar la lógica de los propios acontecimientos que se pretenden comunicar. Estas dinámicas son de un estricto carácter inconsciente y en ellas se impone el modo como se producen los significantes.

Ahora bien, estas situaciones se pueden tornar más complejas, debido a que en cada momento el individuo vive diversas identidades imbricadas. En ese sentido, de acuerdo a los planteamientos de Freud, las personas pueden asumir múltiples identificaciones, las cuales pueden atraer hacia sí, alternativamente, la conciencia; así la persona puede experimentar conflictos entre esas diferentes identificaciones, los cuales no pueden calificarse enteramente patológicos. (Freud, 1989) Entonces, en estas dinámicas, quien produce el discurso no siempre está consciente de los referentes personales o grupales con los que se identifica al momento de opinar y de actuar. Por lo tanto, en los discursos producidos se suele observar la multiplicación de posiciones contrapuestas, las incongruencias, las ambigüedades, las propuestas ilusorias y los desplazamientos de los puntos de vista.

En ese juego de esas múltiples identidades es preciso avanzar al análisis de otro ejemplo, el cual está relacionado con las complejidades de los discursos institucionales y su carácter imaginario e inconsciente. En esa dirección, siguiendo los aportes de Freud, se constata que en el discurso religioso e institucional se suelen comunicar ideas que son presentadas como dogmas, ideas que no devienen de la experiencia, ni son la conclusión del pensamiento consciente. Se trata de ilusiones, a través de las cuales se intenta la realización imaginaria y real de deseos antiguos, apremiantes e intensos de la humanidad o de la cultura local. La fuerza de ese dogma está vinculada a la fuerza del deseo. (Freud, 1983) El autor ejemplifica estas dinámicas inconscientes de la forma siguiente:

“Así, una burguesía puede acariciar la ilusión de ser solicitada en matrimonio por un príncipe, ilusión que no tiene nada de imposible y se ha cumplido realmente alguna vez.  Que el Mesías haya de llegar y fundar una edad de oro es ya menos verosímil, y al enjuiciar esta creencia la clasificaremos, según nuestra actitud personal, bien entre las ilusiones, bien entre las ideas delirantes.  (…). Así pues, calificamos de ilusión una creencia cuando aparece engendrada por el impulso a la satisfacción de un deseo, prescindiendo de su relación con la realidad, del mismo modo que la ilusión prescinde de toda garantía real.” (Freud, 1983)

De esa manera, el discurso institucional, el cual no puede desprenderse del discurso político y religioso, está bañado de esta producción de ilusiones y marcado por el juego de las fuerzas de los deseos insatisfechos, por lo cual su hechura no siempre está relacionada con la realidad y sus propuestas pueden prescindir de toda garantía de que sean factibles de llevarlas a la práctica.

Avanzando hacia otra perspectiva del análisis del discurso institucional, Popper sostiene que el discurso basado en el historicismo, asumido por diversos sectores políticos y académicos, suele estar impregnado de imágenes fantasiosas y supersticiosas. Siguiendo su análisis, se observa que los defensores del historicismo consideran que los hechos históricos, “la línea de la historia” es la que determina el sentido del futuro y lo que debemos y podemos hacer. Al asignar esa responsabilidad a los hechos, puede decirse que el historicismo es una suerte de recurso para esconder el miedo a asumir que es el hombre el responsable de establecer las normas éticas que reconoce, y en consecuencia, los hechos que lo rodean no son una suerte de fuerza mágica que le imponen un destino y sus normas. Además, si se parte de la creencia de que el devenir histórico nos deparará determinado futuro, visualizado por una mente iluminada, y que solo debemos ajustar nuestros pasos al movimiento de la historia, entonces, estamos ante un discurso cargado de superstición. Pues, se intenta justificar que el futuro depende de instancias ocultas, que solo se pueden revelar por medio del análisis infalible de mentes preclaras que manejan “teorías” capaces de explicar las totalidades estructurales del devenir. Esos modos de pensar suelen aproximarse a las intuiciones e inspiraciones místicas, de las lecturas de los astros y de los sueños, en las que se pretende adivinar el futuro. En todo caso, el historicismo es un discurso cargado de evasiones imaginarias y revela ser un recurso del escepticismo ante la necesaria racionalidad y responsabilidad de nuestras acciones. (Popper, 1995)

Un último ejemplo llama la atención sobre el cabalgamiento del inconsciente en la producción del discurso de la planificación.  En ese sentido, el ejercicio de la planificación, más que un acto de producción de racionalidad, es un ejercicio de juegos con el imaginario.  Al respecto, según las apreciaciones de Weick, se considera que cuando los actores se imaginan los pasos que van a producir un resultado en una historia, entonces es bastante probable que más de uno de esos pasos ya se hayan efectuado antes y evocan experiencias pasadas,  similares a la experiencia que es imaginada en el tiempo futuro. (Weick, 1982)  Así el planificador se imagina que es posible transportar el pasado al presente, y con ello darle más certidumbre al futuro deseado, al contextualizarlo con la realidad evocada, y se imagina además que el futuro es similar al pasado evocado.  De esa manera, apoyándonos en los planteamientos de Porras, se considera que el esfuerzo de la producción del discurso de la planificación es impulsado desde la necesidad de gozar de una mayor certidumbre frente al futuro, así como la necesidad de la emancipación del sujeto tanto del tiempo objetivo, como del curso de los hechos  impuestos desde su exterior  (natural y social)  (Porras, 1996).

No obstante, para responder a esas presiones, no siempre llevadas al plano consciente, se accede a la producción de un discurso “racional e infalible.” Pero, tal como lo sugiere Vallée, esa pretensión, en muchas ocasiones, resulta ser lo contrario, pues el pensamiento mágico no es sólo practicado por las “sociedades primitivas”, la ciencia misma no se escapa de la producción simbólica al tener que hacer uso de la palabra, y esa producción no escapa a la posibilidad de ser una explicación “mágica” de lo real estudiado. (Vallée, 1995).

Los ejemplos antes expuestos indican que, en el análisis del discurso, no es pertinente suponer que se está ante un material elaborado con el predominio del pensamiento consciente, de la lógica formal de la secuencia de ideas y del uso de significantes que se ponen al servicio de los significados que pretendemos comunicar. En el quehacer discursivo, no es posible desligarse de la producción de ilusiones, de figuraciones imaginarias, de la identificación con patrones y visiones de otros sin darnos cuenta de ello, del deslizamiento de esos patrones de identificación, y en algunas ocasiones, de la defensa cuasi-religiosa de la imagen del jefe de determinada masa. En general, siguiendo los aportes de Lacan, se puede decir que el inconsciente no deja ninguna de nuestras acciones fuera de su campo de intervención. (Lacan, 1997), y la producción del discurso es en esencia su mediador.

De lo antes expresado se desprenden las constataciones siguientes: el lenguaje no es un instrumento puesto al servicio de las intenciones y de los sentidos que pretende comunicar su productor, debido a que quien produce el discurso puede ser movido por una intención que no comprende o no reconoce conscientemente; y además, quienes reciben su discurso pueden experimentar resistencias, las cuales les dificultan captar determinadas intenciones y sentidos. De igual forma, los interlocutores pueden percibir lo que intenta esconder el sujeto que habla, e incluso, varios interlocutores pueden elaborar interpretaciones diferenciadas y antagónicas ante el mismo discurso. Por lo tanto, estando la producción del discurso condicionado por el modo de estructurarse el lenguaje, es preciso analizar esa producción para poder hacer aprehensión de lo que puede aparecer camuflado, escondido o silenciado, hasta para el propio autor del discurso. Entonces, resulta necesario contar con un cuerpo de herramientas conceptuales y metodológicas para afrontar las limitaciones antes mencionadas, en los momentos en que intentamos captar, analizar y responder a los discursos de los diferentes sectores, que hacen vida en la institución, organización o comunidad.

El discurso es marcado por el sello personal de su autor.

Esa imposición del inconsciente en el modo de producirse el lenguaje, nos conduce a la quinta razón que exige la búsqueda de pistas del análisis del discurso, la cual está asociada a la constatación siguiente: cuando el sujeto opina, relata o escribe, su discurso está marcado con su sello personal, es cabalgado y dominado por las dinámicas inconscientes y por el modo como ese inconsciente se teje en la estructuración de las cadenas de significantes. Para avanzar en el análisis es pertinente revisar algunos aportes que permiten observar el alcance y las dinámicas asociadas a esa afirmación. En principio, según los aportes de Lacan, en la forma de producirse el sentido, de estructurarse el discurso, se concreta el cabalgamiento de las dinámicas del deseo. (Lacan, 2004) Estas dinámicas del deseo, recibiendo los efectos del entorno social, están marcadas por la historia y la vivencia personal, y suelen aparecer y confundirse con las demandas y las necesidades. En esa dirección, siguiendo ejemplos señalados por Zizek, es preciso analizar el modo en que ocurre la relación entre la necesidad, la demanda y el deseo. Al respecto, se considera que en muchas interacciones las necesidades son convertidas en demandas, las cuales no exigen la satisfacción de las necesidades asociadas a ella, sino que terminan exigiendo la confirmación de la actitud del otro respecto a quien demanda; es decir, no expresan la necesidad, sino el deseo personal de ser atendido, respetado o tomado en consideración por quien recibe la demanda. (Zizek, 2004) Por consiguiente, detrás del planteamiento de las demandas, no siempre está clara cuál es la necesidad y qué deseo intenta esconder o evadir lo expresado..

Avanzando en el análisis de las dinámicas del deseo y su sello personal, Lacan sostiene que, según los aportes de Freud, existe una distancia, ruptura o hiancia, entre la estructuración del deseo y la estructuración de las necesidades. En el discurso las necesidades suelen aparecer desplazadas, quebradas, refractadas. De igual forma, generalmente, las necesidades se presentan con el juego del ingenio, una historia curiosa o un chiste ingenuo, en los cuales se deslizan y sustituyen significados y sentidos, se le asignan a las palabras sentidos distintos a su significado convencional, y se expresan metáforas y ambigüedades. Ese entramado de deslizamientos, camuflajes y engaños en la producción del sentido, tienden a esconder el malestar de expresar  o reconocer algún deseo personal, por lo tanto, se impone la necesidad de descomponer el discurso y buscar los sentidos que se pretenden esconder o silenciar.  (Lacan, 2003-B)

Pasando a otra perspectiva, desde la mirada de la formulación de las políticas públicas se reconoce la necesidad de incorporar las visiones personales y los deseos que las acompañan. En ese sentido, Moore sostiene que el valor público suele estar asociado a los deseos y las necesidades de los individuos, y no necesariamente está asociado a las transformaciones públicas, ni a la concepción de la sociedad como una abstracción.  Está constatación se hace más compleja debido a que, por una parte, esos deseos al ser en un primer momento personales, se debe entonces captar y responder a múltiples y diferenciados tipos de deseos. (Moore, 1998) Por otra parte, debido a que los deseos son cambiantes, el establecimiento de acuerdos colectivos, generalmente, se ve afectado porque las personas pueden cambiar de opinión, de expectativas y aspiraciones sobre lo que consideran valioso, tanto por el cambio en el manejo de información, como por las experiencias en las que participan. (Moore, 1998), (Przeworski, 1998) En consecuencia, la definición del valor público a buscar puede ser condicionada por los deseos de algunas personas en particular, si no se facilita una adecuada inclusión de los agregados de necesidades y visiones de los diferentes sectores sociales.

Avanzando en el análisis, si ciertamente las identidades personales terminan aflorando y marcando el discurso que se expresa, esas identidades no se configuran de manera autónoma, lo cual le incorpora más complejidades a la aprehensión y el análisis de los sentidos del discurso. En esa dirección, según los análisis de Freud, los procesos de la configuración de la identidad personal no pueden separase de los procesos de la creación de las identidades colectivas e institucionales, y por lo tanto, las formas de comunicarse las personas y el modo de construir sus discursos no escapan a esos procesos de identificación familiar, comunitaria y colectiva. (Freud, 2005)   De lo antes planteado se desprende el hecho obvio, pero generalmente, no asumido en toda su plenitud, que en la configuración personal y el modo que asumimos para producir el discurso, deviene de la existencia de otros sujetos y de la presencia manifiesta de la intersubjetividad. Entonces, tal como lo expresa Lacan, esa configuración de la identidad personal conduce al interrogante siguiente: ¿Quién es ese otro con el cual estoy más ligado que conmigo mismo, puesto que en él seno más asentido de mi identidad conmigo mismo es él quien me agita? (Lacan, 1997) Ahora bien, debemos ir más lejos y plantear esta otras interrogantes: ¿Cómo esas identidades personales permean, irradian o sustituyen las identidades institucionales, al momento de comunicar sus discursos?, ¿A caso el discurso institucional elaborado, al fin de cuentas, por una minoría de ciudadanos, puede ser formulado sin seguir el modo de comunicarse y las identidades de esas configuraciones personales? Estas interrogantes resultan pertinentes, toda vez que se constata que, en la creación de esa configuración personal no es posible una existencia individual aislada y desconectada de los procesos sociales y, en especial, de los procesos institucionales. Lo cual eleva las complejidades de la aprehensión y comprensión de determinado discurso, pues este se produce en el entramado del discurso de los otros.

Estos aportes revelan una importante pista para detectar esos espacios del discurso que, pueden conducir a la identificación de la ruptura, la abertura escondida detrás del entretejido de significantes, lo cual nos puede permitir abrir el camino para descomponer e interpretar el discurso. No obstante, también nos revelan las limitaciones o dificultades que se afrontan, cuando se analiza el discurso sin contar con la suficiente información sobre la hechura o historia personal de quienes lo han producido. Está situación suele ocurrir, cuando se desarrollan evaluaciones de resultados, que exigen la imparcialidad de un extraño o desconocedor de los implicados en la ejecución de determinada iniciativa. Por lo tanto, aun no contando con esa información, no se puede desconocer que en el análisis de los informes, las entrevistas y consultas de opinión, se corre el riesgo de encontrarnos con los obstáculos impuestos por el sello de esas rupturas o los rasgos de duelos no resueltos de las historias personales. Estas podrán determinar la resistencia a reconocer o nombrar determinados temas, conflictos, o deseos no realizados. Al contrario, cuando se acompaña a los involucrados en el proceso, o bien en un proceso formativo o en evaluación de acompañamiento de los procesos de las ejecuciones, ese conocimiento de la historia de las personas, facilita la compresión de sus discursos. En ese camino, para quienes no somos especialistas, se trata de identificar algunos rasgos de la configuración de las identidades personales, que nos ayuden a una mejor comprensión de las negaciones, resistencias, énfasis, los vacios, las incongruencias y las posibles vacilaciones, presentes en sus discursos

                A modo de conclusión.

Ante las constataciones y reflexiones antes planteadas, el análisis del discurso es una tarea ineludible en los procesos en que se pretende formular y evaluar proyectos y políticas públicas de una manera más inclusiva y democrática. Por lo tanto, en esas experiencias se requiere captar, registrar, procesar y validar los discursos de los sectores involucrados, para luego, tratar de intervenir con las estrategias, los argumentos y las preguntas más adecuadas, en la coordinación de las actividades de intercambio de opiniones y de la comprensión de los relatos de los participantes.

El análisis de los discursos de los participantes debe ponerse en función de  promover, entre los grupos y actores involucrados, por una parte, el reconocimiento y la aceptación de sus ficciones, conflictos, deseos, miedos y las prácticas silenciadas y distorsionadas, en el quehacer de las experiencias y en los discursos que hablan de estas. Por otra parte, el reconocimiento y la valoración de los avances, las buenas prácticas, las potencialidades de desarrollo y los necesarios compromisos para la sostenibilidad de los resultados alcanzados.

De igual forma, las complejidades y problemas antes señalados, indican que es necesaria la configuración de una metodología participativa en los procesos de formulación y evaluación de las propuestas de desarrollo, pero además, se requiere la incorporación de herramientas de análisis del discurso, lo cual ayude a comprender y facilitar el intercambio de opiniones y la construcción de los acuerdos públicos. Esa metodología puede estar asociada a la aplicación de criterios para la recolección de la información o la consulta de los involucrados, sugeridos por Gonzáles y el PNUD,  y que se pueden sintetizar de la forma siguiente:

  1. Es necesario consultar a las distintas partes, actores y sectores involucrados en el proyecto a formular o evaluar, por ejemplo: beneficiarios, técnicos, coordinadores, consultores y aliados.
  2. Para contrastar y validar las diferentes versiones y apreciaciones de los sectores consultados, se debe triangular la información consultando a las diferentes fuentes y aplicando diferentes instrumentos de recolección de información. Al respecto, se deben combinar y complementar las técnicas de recolección de la información, por ejemplo, aplicar encuestas, entrevistas a profundidad, focus group, talleres participativos, revisión documental y observación directa, lo cual permite captar los discursos de los participantes en diferentes circunstancias y siguiendo diferentes lógicas.
  3. La metodología a aplicar debe ser flexible, de modo que permita su adaptación a las realidades cambiantes y a las condiciones del contexto de las intervenciones. (González, 2005) y (PNUD, 2009)

Por otra parte, para el procesamiento y divulgación de la información en los procesos de formulación y evaluación de las propuestas de desarrollo, se pueden explorar las recomendaciones relacionadas con criterios como los siguientes:

  1. Toda opinión o relato es válido y debe ser incorporada en el análisis. No se debe desechar las opiniones que en un primer momento pueden parecer banales o inapropiadas.
  2. No se deben simplificar las opiniones como si fueran “correctas” o “incorrectas”. Al contrario, se deben analizar las razones y las evidencias que ellas expresan o esconden.
  3. Se deben incorporar y asumir una actitud de apertura para escuchar y analizar la lógica y los argumentos de las distintas opiniones, sin importar el nivel de formación o la autoridad ejercida por el informante.
  4. Las diferentes opiniones o relatos se deben poner en suspenso, no se deben formular conclusiones de manera precipitada. Se debe controlar la posibilidad de dejarnos llevar por ideas preconcebidas o por prejuicios, los cuales impidan captar las distintas racionalidades o los modos de pensar de los diferentes actores involucrados en el desarrollo del proyecto.
  5. Se debe asumir una actitud de apertura a la identificación o creación de nuevas ideas, nuevas explicaciones y a la innovación de nuevas metodologías, las cuales pueden surgir de opiniones que, en un primer momento, pueden ser consideradas irracionales o irrealizables.
  6. Se deben comparar y organizar la información recolectada con los diferentes instrumentos aplicados, identificando y explicando las coincidencias, las contradicciones, complementariedades, hechos aislados y eventos o actividades clave.
  7. Se deben desarrollar actividades para divulgar, demostrar y analizar los avances de la formulación del proyecto o de los resultados de la intervención, las lecciones aprendidas y el reconocimiento de las buenas prácticas, con la participación de los diferentes sectores involucrados.
  8. Se debe promover que, los beneficiarios y el personal técnico local, se apropien del avance de los resultados alcanzados y se comprometen a apoyar su sostenibilidad.

Finalmente, no se trata de construir o configurar un cuerpo de herramientas “técnicas” capaces de interpretar cualquier discurso, debido a que se trata de un trabajo más arduo y especializado. Todo lo antes plantado indica que, en cada área de las políticas públicas, en cada localidad y en cada cultura, el análisis del discurso debe asumir y responder, entre otras, a las especificidades temáticas, a las historias locales, los códigos lingüísticos y el modo de establecerse los intercambios entre las personas.

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